Los niños de Leone
(la memoria petrificada)
Barcelona, verano de 2020. Carlos Montero Trapo se entera de que están muertos dos amigos de la infancia. El día que cumple 55 años, recibe otra noticia: el músico Ennio Morricone ha fallecido. Se desencadena en Carlos un torrente de recuerdos. Rememora diversos episodios de su niñez, ambientados en un barrio de Barcelona durante los años setenta; él y otros muchachos comparten sus juegos, en la calle, en el colegio. La novela presenta las andanzas de esos chicos; muy especialmente, su pasión por las películas, originada en aquella época. También asistiremos a algunas otras experiencias, situadas en etapas posteriores de sus vidas.
Los niños de Leone (la memoria petrificada) es, ante todo, una novela de impresiones; un texto impregnado de melancolía, cinefilia y ciertas dosis de humor. En sus páginas encontramos el olor de las salas de cine; la crueldad infantil; los tebeos; el mundo de los sueños; Liberty Valance; el final de la infancia; la ludopatía; Luis Buñuel; los bares de barrio; la televisión; los yoyós; el tiempo dilatado; los planes frustrados. Carlos nunca ha olvidado el tremendo impacto experimentado ante la primera película de Bruce Lee que vio, o el día que descubrió a los Monty Python; ni el terror que le infundió Gert Fröbe en El cebo. Se afana por preservar mentalmente esos momentos. Se complace en recrearlos y entretejerlos con su propia trayectoria vital. Al rememorar su vida, bajo el prisma de esa cinefilia, los pensamientos de Carlos se detienen en otros dos niños: Sergio y Ennio, que también iban juntos al colegio, en Roma, antes de reencontrarse para colaborar haciendo películas.
